Amo la casa ausente, llena de sombras cuando mis ojos descienden rendidos.
¿El silencio?
Nunca hay silencio en una casa que se llena de ecos.
Tiene tiempo que no tomo la hoja para escribir, quizá es miedo a la crítica o que no tengo mucho que decir, no lo sé, pero a veces uno debe enfrentarse a ciertos aspectos para poder continuar con otras labores ¿Por qué? Es simple, desde que dejé de escribir no dejo de pensar en el papel, es como si varias ideas quisieran salir de pronto, pero algo las detiene, una barrera; posiblemente diría algún psicólogo que tuve un suceso traumático con la hoja en blanco, sin embargo el único trauma que tengo con este objeto de inspiración es el hecho de que al verlo se borran las palabras, lo curioso es que en estos momentos no sucede: Usted, mi querido lector, se encuentra leyendo estas palabras.
Morir, antes de que el vacío nos embriague, antes de que los rostros se desvanezcan y recen las ultimas plegarias.
No puedo hacer mas, no puedo contagiarme de una sombra tras otra que persigue y rompe y destruye los mundos que dentro se han creado. No puedo converger con el fuego de las vírgenes que añoran la soledad que no perece y que albergan mis palabras.
El mar cae con fuerza, el pecho arde, asfixia; lágrimas se tornan bajo el rostro. Yo no soy nada, sólo una mascara que transita por las calles, sombra, fantasma, un títere con los hilos rotos.
Tú sonríes, yo no sonrío, deja que la muerte caiga sobre mis hombros. Permite que mi sombra se desvanezca, que silencie los ciclos que le persiguen.
He aquí la locura, llena de gracia que desprende desde el fondo del pasado, que no pertenece a nadie, solamente al silencio que le espanta las ansias, la nostalgia, la pena que hiere, que ha sembrado la esencia de mis dedos.