miércoles, 10 de octubre de 2012

No pude evitar sentir el ardor al escuchar la noticia, tanta sangre derramada en un instante me ponía la piel de gallina y sentía las balas perforando mi cuerpo. Quería escribir sobre ello, quería describir la emoción que me embargaba por completo, quería tanto el uso de las palabras para pelear pero, aquel ardor nos rompe, nos hace perder la razón.
Silencie mis dedos y cerre los ojos por unos instantes, debía calmarme y comprender la situación desde una perspectiva alterna y ajena al corazón pero ¿cómo se justifica la muerte impartida por alguien? Podría, quizá, comprender todos los factores que ocasionarón el llegar a ello, el peso de la historia; podría ingresar miles de posibilidades y escenarios para entender, no justificar, una desición tan desgarradora y ahí, en pleno climax de espacios no evitados, resbalaría de nuevo en una explosión de emociones y entrañas destruidas por el tiempo del ayer y del ahora.
Suena tan fácil hablar de acciones y reacciones pero no del futuro especifico, ¿cómo determinar el mañana de seres tan cambiantes? Ahí entrarán con sus métodos cuantificables, entonces ¿somos números de reacción? ¿somos una cifra clasificada? Sin embargo, ser consientes de ello podría determinar el volvernos un número que cambia de categoría y por ende generar una cadena de reacciones no esperadas, aunque, pareciera que nuestro entorno no existen tales cosas o ¿si?
La sangre seguía ahí, creada por mi mente, imaginada, con movimiento y olor asfixiante de putrefacción del quién, sin nombre, le pertenecía, con su futuro inexistente mientras yo intentaba reflexionar sobre la razón de su presente.

martes, 9 de octubre de 2012

Las hojas regadas por el suelo y los archivos abiertos en la computadora me hacen preguntar ¿Para qué? ¿Para qué ensayar una y otra vez cada uno de los cuestionamientos de los autores? Cuestionamientos con respuestas imperfectas que sudan a miles de criticas que igualmente son imperfectas ¿Para qué? Para encontrar la ley coja que se maneja según al deseo del mayor egoísmo humano ¿Para qué? Para jactarnos de saber más frases o parrafos de memoría y autores no analizados y escupirlos como si su trabajo fuera un “si” mecanizado “es correcto” alabemos sin más ¿Para qué? Para detectar todas las estructuras creadas por y para el hombre, dando un supuesto orden a su mente y a su cuerpo en pro de un simbolismo que representa el valor de la vida ¿Para qué? Pregunto ahora y sin aliento.

martes, 6 de diciembre de 2011

Cuando la noche aparece en nuestros cuerpos, el humo de los cigarros asciende por la ciudad; bajo la luz de los candelabros y la luna, los hombres conversan. Es la terraza de los olvidados, la terraza de aquellos que dejan la palabra hablada, convirtiendo en sinfonías al papel en blanco.

Se diluyen en la oscuridad de sus ojos en las noches de insomnio; dedos que suben y bajan. Ideas que despegan del lápiz, observan el cielo, se permiten un silencio largo, respiran, exhalan; escapa la angustia… se pierden.

Al estar sentado, observándoles, descubrí a un hombre que veía hacia la calle, en su mesa sólo se vislumbraban bolas de papel llenas de tinta. Temí acercarme, aquellos hombres nunca hablan, le tienen miedo a que las palabras sean ahuyentadas en una conversación. Tenía curiosidad, tome asiento frente a él y no se inmuto al sentir mi presencia, tome las hojas y las abrí, solo manchas de tinta.

-¿Y las palabras?-

- Se esfumaron una tarde- tomo un cigarro y al prenderlo, continuo- me dejaron en pleno romance con una de ellas que se había jactado de ser copiada una y otra vez en el papel

-Debe ser terrible

-No, no lo es, hoy, todo es tan distinto en su ausencia-

Nos vimos directamente a los ojos, su cuerpo, se volvió la ceniza de su memoria; las tome y escribí su epitafio:

En la terraza de los olvidados, descubrió la ausencia.

Sus palabras descenderán con la noche.

Ella estaba muerta, lo sabía. La sensatez del odio a la madre, la idea de que ellas no dan la vida pero si una muerte que se asegura con los pasos de la herencia.

Ella estaba muerta, lo sabía en los días y las noches, sabía desde el infierno del destino que había creado, una pesadilla constante, la locura sencilla.

Ella está muerta, por obra de sus obras…

Con la lluvia se cree que las calles se limpian y dejan que los olores se repriman, aquí se desprenden con fuerza por la calle de Juárez, se fusionan con la humedad de los alimentos que venden y las alcantarillas desatan el aroma que nos acompaña por las tardes. Aguas grises en la ciudad.

El desnudo del alma le perturba desde siempre, rompe con los estigmas y sus etiquetas atribuidas desde hace tiempo; se los había ganado con trabajo, pero hoy, todo era tan diferente, tan normal que no se reconocía dentro de los parámetros que se estableció.

Respira profundamente mientras se deja visualizar en tercera persona desde la calle, ¿cómo lo veían? Sin embargo, era una pregunta inútil, aquí la gente no percibe absolutamente nada, ni aquello que está frente a si.

Llovía, saco la mano al balcón y dejó que las gotas cayeran sobre sus dedos una tras otra, solamente sintió la humedad que delineaba el tiempo que ahí se había formado, cerro los ojos y las mismas gotas respondían a sus reflejos que visualizo con la imaginación.

El viento circulaba, refería a historias simples que en conjunto complicaban la respuesta humana, descifrar al individuo, de lo particular a lo general, si es que se conoce tal cual, puesto que nuestra existencia se ha determinado a la mentira y la sutura de aquellos huecos que no se contemplaron y que permanecen escondidos.

Observar es complicado, es como una ley que se fragmenta sobre el papel y el caos se vuelve necesario, un caos de acciones simples que dejan al descubierto al ser completo, la célula dentro del organismo.

Ser mudo ante los demás y un conversador insaciable consigo mismo, ser un observador que exhala con las acciones externas, él vive ante la perspectivas que solo vislumbra pero con las que no se permite interactuar directamente.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Regalo palabras en la red

Mis seguidores son ficticios y yo, un ser extraviado. Algunos fruncen el seño al leer mis oraciones sin fórmula alguna, sin sentido, con una rima recurrente, con la falta ortográfica que le falta el respeto al texto y al posible lector que llega perdido.

Además, mis personajes me odian, los juzgo en mi mente, los callo, nos enfrentamos, nos dejamos con la palabra al viento.

Regalo palabras en la red, es la verdad. Debería ponerles precio. No, mis palabras no tienen un precio exacto.